1.8.10

Ahora sé que no soy la princesa del cuento de hadas
y que no necesito que me venga a salvar un príncipe azul
en su caballo blanco, porque ni soy una princesa, ni vivo en una torre,
ni tengo a un dragón que me esté custodiando.

Por fin encontré, hasta ahora, al ser humano que sencillamente soy,
con sus miserias y sus grandezas.

Descubrí que puedo permitirme el lujo de no ser perfecta,
de estar llena de defectos, de tener debilidades, y de equivocarme;
de no responder a las expectativas de los demás y hasta hacer algunas cosas indebidas.

Hoy sé que nadie es responsable de mi felicidad: ¡Sólo yo!


Hoy sé que el viento extiende sus brazos
cuando camino por la calle.
Y que sólo depende de mí sentirlo.

Pero lo que si, me doy cuenta que soy una mujer invisible.